El Rincón de las Mozas era el único lugar del Tenebra donde no llegaba el viento.
Allí, en ese recodo trasero del puente —medio escondido entre sogas, cajas, y retazos— el mundo parecía suspenderse. Como si el barco entero pudiera seguir su rumbo y ese rincón quedara quieto, flotando aparte.

Lauren y Nicolau estaban sentados allí. Uno frente al otro. En silencio, al principio.

—Nos conocemos hace apenas unos meses, Nicolau… pero por momentos siento que es desde siempre —dijo Lauren, recostado contra la baranda del Tenebra—.
Ambos venimos del mismo lugar del infierno, eso parece. Lo que me has contado… lo que callas. Nos tocó lo mismo, de formas distintas. Tal vez por eso nos entendemos.

—Es cierto. Y si te soy honesto… no sé qué sería de mí aquí sin tu amistad, Lauren.
Tú pareces tenerlo todo más claro, más definido. Yo en cambio… todavía siento que no he terminado de huir de mí mismo.
Y ya no hablo del viaje al Mundo Nuevo. Aquí, en este barco, entendí que no todo se trata de cambiar de mapa. Hay algo que aún me ata. Viejas culpas. Miedos. Vergüenza. Algo que no logro soltar.

—Te equivocas, amigo. No lo tengo más claro. Solo somos distintos.
Cada una pelea su guerra como puede.
Yo también caigo. También me levanto.

Lauren bajó la vista y jugó con el borde de su ajustado pantalón blanco. Luego, con voz más baja, continuó:

—Pero aprendí algo. Que cuando soy honesto conmigo mismo… cuando dejo de esconder lo que siento, todo empieza a acomodarse.
Por eso tomé dos decisiones. La primera fue aceptar cómo me veo. Y cómo quiero que me vean. Esta ropa no es un disfraz. Es mi forma de decir: soy así.
No soy mujer, lo sabes. Y nunca lo seré ni pretendo serlo.
Pero sí soy hembra. Sí soy femenina. Y quiero tomar ese lugar frente a los hombres.

Nicolau escuchaba sin interrumpir. El mar estaba calmo.

—Y lo segundo que hice —siguió Lauren— fue aceptar lo que otros veían en mí.
Acepté la forma en que Buko, Thami y Zuberi me miraban.
Acepté sus deseos… y también su respeto.
No me importó de dónde venían, ni su idioma, ni cuántos eran. Tampoco cuánto tendría que aprender, ni cómo debería moldear mi cuerpo para estar a la altura.
Solo me entregué a eso con sinceridad. Dejé de resistirme. Y en esa entrega… encontré libertad.
No es fácil. Como imaginas, no es sencillo complacer a tres hombres. Pero vale la pena. Lo que me dan a cambio… lo justifica.

Nicolau respiró hondo.

—Eres fascinante, Lauren. Te admiro tanto…Lo que dices… es lo que intento aprender de ti.
Asumir mi lugar. Dejar de luchar contra lo inevitable.
Aceptar que sí… que también soy hembra. Que quiero ser visto así.
Y que, tal vez, puedo dejar de esconderme.

Hizo una pausa, antes de bajar la voz:

—Tengo miedo de entregarme a Wolsey. Lo sabes.
No por el enorme tamaño de su cuerpo… me adaptaré a eso. Lo deseo, incluso…mi cuerpo ya lo pide cada día con más fuerza.

—Entonces ¿qué temes?

—Temo que sea solo un espejismo.
Que él solo me desee porque no hay mujeres en este barco. Temo confundir mis propios sentimientos… y volver a ser usado.
Que otra vez… entregarme signifique ser traicionado.

Lauren se inclinó levemente, con suavidad en los ojos.

—Tus temores son válidos, Nicolau. Pero no hay otra forma de saberlo que viviéndolo.
Nadie puede prometerte que no dolerá.
Pero tú sí sabes lo que sientes. Lo que deseas.
Y creo que ya es hora de que dejes de castigarte por eso.

Guardó silencio un momento y luego dijo:

—Haz tu mejor ofrenda. La más costosa. La más completa.
Ya sabes que puede ser doloroso…pero debes darlo todo.

Y te juro… que ningún hombre podrá resistirse a quien está dispuesto a convertirse en lo que tú ya eres: joven, hermosa, hambrienta… y decidida.

—Lauren…

—Tú ya lo sabes, desde el primer día. No hay marino en el Tenebra que no te haya deseado.
Pero ya elegiste a cuál ofrecerte.
Así que ponte femenina para él. Entrégate. Sin reservas.


Deja que tus estatuillas —Nyra, Elpis— te guíen.
Y deja que el destino decida por nosotras.

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