La vela chisporroteaba. La bruma del mar se colaba por entre las maderas mal cerradas y Nicolau no se movía. Los dedos le temblaban.
La habitación era estrecha, sin ventanas. Solo una vela, que lo recortaba en fragmentos. Del otro lado, en la madera apenas pulida, la llama dibujaba formas. Una silueta abstracta. Un contorno.
Y por un segundo…se parecía a ella.

A Nyra. A esa figura que sostenía con la otra mano. A esa estatuilla que nunca hablaba, pero siempre lo escuchaba.

—¿Eres tú?… ¿O soy yo quien te inventa? —susurró.

Nicolau sostenía la prenda entre las manos, aún no se atrevía a ponérsela.
Se la llevó al rostro y la olió. La imaginó rozando su piel.

Pero el cuerpo que habitaba seguía siendo un territorio extraño. Un lugar donde habían ocurrido cosas. Cosas sin nombre, que todavía dolían.

Bajó la mirada. Observó su cintura, su pecho plano, su ombligo. Se recordó desnudo en otros barcos, en otras noches.
Y no supo si debía odiarse o protegerse.

No era pudor.
Era miedo.

En aquella litera no había espejo. Solo el reflejo tembloroso de una vela sobre una tabla. Nicolau no tenía una imagen precisa de sí. Solo tenía intuiciones.
Gestos que sentía propios… pero que había aprendido a esconder.
Movió una mano como ella.
Se sentó como ella.
Se probó la prenda sin mirarse, solo para sentirla.

¿Era esto ser?
¿O simplemente jugar a ser?

Y sin embargo, al moverse, algo encajó.
Un segundo de armonía interna lo atravesó y lo dejó temblando.

Notó entonces una especie de juicio invisible.
El trauma no estaba en su cuerpo. Estaba en el recuerdo de las miradas ajenas. Las de los marinos que lo habían usado. Las de quienes se reían. Las de aquellos que lo deseaban en silencio… y lo hacían sentir sucio.

¿Y ahora?… ¿Quién sería cuando lo vieran con esa ropa? ¿Un objeto? ¿Una burla? ¿Una ofrenda?

Pero en medio del pánico emergió una certeza: Si lo hago temblando… igual lo haré. Si me tiemblan las piernas… las vestiré igual.

Se incorporó lentamente y llevó la prenda al pecho. La olió. Cerró los ojos. Sintió que algo se agitaba dentro.
No era alegría ni tampoco miedo. Era hambre.

Desde aquel momento en la bodega…Desde que Wolsey lo había tocado —sin violencia, pero con una fuerza brutal—algo había despertado. Y ya no volvió a dormirse.

No fue amor. Ni siquiera fue placer. Fue… una llave. Un dedo cruel que abrió algo que estaba cerrado y ahora no podía cerrarse.

La imagen de Wolsey regresaba. No como gesto tierno, sino como incendio. Una mano que lo sostuvo. Un susurro áspero que dijo: “vas a venir a mí.”

Y él…quiso hacerlo. Quiso dejarse ir, quiso rendirse. Y no lo hizo.

No porque no quisiera. Sino porque temía la vergüenza de entregarse tan abiertamente.
El miedo de arrodillarse ante él y ya no poder volver.

Desde entonces, ese deseo lo habitaba. Como un animal. Como una serpiente enroscada por dentro, que muerde sin matar. Solo recordar ese momento le hacia palpitar el cuerpo…le humedecía la boca.

Nicolau acercó la prenda a sus piernas. Acarició el borde y se la subió apenas. De pronto, el cuerpo respondió sin preguntar. Sin permiso.

El pulso en la ingle. La sangre corriendo. La traición.

—No… ahora no… —dijo en voz baja.

Pero sí.
La carne quería ser devorada y la piel quería ser tocada.
Y no había nadie.
Nadie más que él.

Cayó de rodillas. Se apretó contra el rincón. Mordió la tela.
Y lloró.

No sabía si se odiaba o si se deseaba. No sabía si se tocaba o se castigaba. Solo sabía que eso que sentía no se iba. Y no iba a irse jamás.

Entonces lo entendió.

No era que deseaba a Wolsey…Era que deseaba ser deseada. De esa femenina manera. Deseada con furia. Deseada como carne que arde. Deseada como algo que valiera la pena desarmar.

Y ahí —ahí mismo, tirado en el suelo, con la prenda en una mano, la estatuilla en la otra y la vela muriendo—
dijo el nombre por primera vez: —Nyra…
…si existes, guíame.

Nyra sola en su litera

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